DE BOROMO A GAUA (230Km)

Llega el esperado noviembre, pero éste no viene acompañado del intenso frío que pronostican los lugareños. Es cierto, que al caer el sol, la temperatura nos obliga a sustituir los tirantes por la manga corta, pero durante el día el calor sigue siendo insoportable.
Seguimos con la rutina diaria. Nos despertamos con el sonido rítmico de las mujeres moliendo mijo. Para las seis tenemos recogido el campamento. Buscamos el omnipresente puesto donde tomarnos el consabido desayuno, nescafé con leche condensada en el que untamos pan (legado de los Franceses) con mantequilla. Sin demora y aprovechando la “fresca” nos echamos a la carretera. Paradita, refresco con galletas y otra vez a la bicicleta hasta la hora de comer. Las horas centrales del día, las pasamos bajo un árbol haciendo la digestión. Y cuando el astro rey ya no abrasa sino quema, completamos los últimos kilómetros. Con suerte, hotel y ducha y si no, tienda de campaña y bocata sardinas.
Pero esta rutina viene salpicada de pequeñas anécdotas: cualquier avería o pinchazo sirve para verte rodeado de decenas de críos; un camaleón se toma la libertad de trepar radio a radio hasta ponerse a los mandos de la bicicleta; o en Diebougou, donde acabamos en comisaría por sacar una fotografía.
Las noches en tienda también tienen su compensación. En un poblado cercano a la frontera con Ghana levantamos el campamento. Rápidamente se agolpan a nuestro alrededor decenas de niños y no tan niños a los que cualquier cosa que haga un tubabu les parece todo un acontecimiento. Desaparece la poca intimidad que teníamos y nos las apañamos para cambiarnos de ropa y asearnos en el cercano pozo. Entre los que nos observan destaca un chico discapacitado. Ha llegado pedaleando con las manos, mientras su diminuto cuerpo se encaja entre los tubos de su bicicleta. Enseguida se convierte en el líder de nuestros admiradores y es él, el que toma las riendas de la conversación. Todo el mundo escucha en silencio mientras sacia su curiosidad sobre nuestra procedencia.
La noche termina tirados en las esterillas, mientras a nuestros oídos llegan los sonidos del balafón (instrumento parecido al xilófono, con láminas de madera y calabazas de distintos tamaños). Todo esto unido a una luna llena, que por estos rincones de Africa brilla con más intensidad, hace que se respire una atmósfera mágica.

mapa del recorrido

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MALI Y BURKINA FASO

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